Guerra híbrida
La combinación deliberada de medios convencionales y no convencionales —militares, cibernéticos, económicos e informativos— por debajo del umbral de la guerra declarada, para desgastar a un adversario sin activar una respuesta militar directa.
La OTAN formalizó su definición en la Cumbre de Varsovia de 2016, describiendo las amenazas híbridas como una combinación amplia, compleja y adaptativa de medios convencionales y no convencionales, y de medidas militares, paramilitares y civiles, abiertas y encubiertas, empleadas de forma coordinada por actores estatales y no estatales para alcanzar objetivos específicos sin cruzar el umbral formal de una declaración de guerra.
El repertorio típico de la guerra híbrida incluye campañas de desinformación, ciberataques contra infraestructura crítica, uso de fuerzas proxy o mercenarias, coerción económica y energética, sabotaje de infraestructuras y presión migratoria instrumentalizada. Ninguna de estas acciones por separado constituye necesariamente un acto de guerra, pero su combinación coordinada busca erosionar la resiliencia del adversario y generar ambigüedad sobre quién es el responsable.
Esa ambigüedad es precisamente la utilidad estratégica del concepto para quien lo emplea: dificulta que la parte agredida identifique con claridad al agresor y decida una respuesta proporcional, incluida la activación de mecanismos de defensa colectiva. La propia OTAN ha reconocido que un acto híbrido de suficiente gravedad podría, en principio, activar el artículo 5 de su tratado fundacional.
El concepto se aplica hoy de forma extendida a la guerra de Rusia contra Ucrania —con sabotajes de cables submarinos, campañas de desinformación y presión energética—, a la inestabilidad en el Sahel, y en general a las llamadas “tácticas de zona gris” que emplean potencias medianas y grandes para competir por debajo del umbral de un conflicto armado abierto.
Fuentes consultadas
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